miércoles, 24 de agosto de 2011

¿COMO NACE MI YO?

¿Cómo nace mi yo?

Lo mejor que sabía hacer desde que era menor era la planificación, calcular cada segundo y paso que daba me hacía sentir especial, superar los límites impuestos e intimidar con mis pensamientos los cimientos de mis mayores, eso era yo.

Me gustaba la apariencia y buscar donde había sequía un manantial ficticio, que con simples pensamientos lo podía volver una realidad. Y aun así mis pensamientos también contaban con sus lados frágiles, pues ante tanta imaginación y desarrollo veía endeble los hechos.

Una sonrisa o una lágrima, un enojo y el berrinche los había concretado más allá del pensamiento, volviéndome vulnerable a cada paso que daba en mis planeaciones, visiones de mi yo ególatra, visiones complejas y hedonistas.

Un trabajo de tantos era ese día, un trabajo que sería el primero, una visión que me ayudo a comprender el otro yo que nunca había visto…

-El trabajo es sencillo, tú lo sabes hacer y no estás aquí si no fuera por eso mismo- tomo el cigarro del lado del filtro y lo golpeó sobre la mesa del bar tres veces antes de poder prenderlo con un encendedor de gas que llevaba dentro del un saco azul marino de una marca italiana.

Lo veía hipnotizado por sus movimientos y como detenía la cafetería aquella mañana mientras con un ojo observaba nuestra libreta con anotaciones y con el otro observaba al policía disfrazado de civil que bajo un sombrero disimulaba su interés por la genialidad que todos podían percibir.

Tomo su sombrero y sin dejar de fumar me señalo con su cigarro sostenido con los dedos medio e índice de su mano derecha.

-Bienvenido a bordo, no me decepciones- dijo con voz grave por haber tomado ya dos whiskys en las rocas.

Llegue a la ciudad vía aérea y sin perder tiempo me apresure a conseguir todo lo necesario para ejecutar ese trabajo, pero esta vez con la sensación que fuese la primera vez.

Conseguí un sedan y bajo el saco una colt escondida quemaba las costuras de esa tela italiana por el ánimo de querer ser usada. Con el tiempo encima y sin perder de vista cada movimiento sentía como si estuviera volando en aquellos días donde el paracaidismo era mi escape y el viento tocar mi piel la sensación de ser el animal que siempre quise, un ave.

El contacto esperaba en un restaurante, no había nombre ni rastros, códigos ni señas. El lugar era preciso y el contacto no era más que la simple denominación, su identidad sería revelada justo en un momento preciso, que él solo pensarlo hacía crecer mis ansias por llegar.

Abrí la puerta y entendí todo hasta ese momento, el perfume te invitaba a envolverte desde que tocabas el piso y su mirada fría y calculadora te invitaba a querer seguir hipnotizado, mientras con esos labios pintados de rojo señalaban que no sería fácil estar cerca de ella.

No paso mucho tiempo y en la puerta trasera del restaurante llego pidiendo lumbre para su cigarrillo. Se sentó con elegancia en el cofre de mi carro, mientras con unos ojos y meneando la cabeza me dijo:

-Espero que sepas lo que haces niño- con voz burlona despidió poco a poco humo por su boca, mientras con un diente mordía lentamente el borde de esos labios rojos.

-No he venido a ver si puedo, sino simplemente porque puedo es que venido aquí- decía con voz titubeante ante la presencia de ese traje francés negro que cubría hasta debajo de su espalda por la parte posterior.

El trabajo corría con adrenalina que ni siquiera los ojos rudos de esa mujer ya madura podían soportar, la energía y ejecución congelaba y quemaba las palmas de las manos que portaban nuestras armas.

Fueron 30 minutos que pasaron por nuestras vidas como una eternidad y que al solo fugarnos en su Challenger negro se habían vuelto en una muerte más en el registro de alguien, el alivio de nosotros y en un recuerdo, tal vez para muchas más.

Nuestra recompensa, una botella de whisky en medio de velas, en la suite que me hospedaba a las afueras de la ciudad en que trabajamos, acompañado de caricias falsas, besos sin control y sexo como si fuéramos amantes de hace mucho tiempo.

El aire del amanecer enfriaba mi espalda fuera de las sabanas y mientras con las alas extendidas abrazaba casi toda la cama, recordé el mismo frío que sentí al llegar el primer día, el mismo frío que sientes al realizar una caída libre en el paracaidismo, el mismo frío que sentía de llegar a mi casa, ese frío de la soledad que solo los caballeros llegan a sentir por esa soledad que solo provocamos por amenazar la perfección de nuestras vidas hechas, tal vez con un amor.

La carta típica encima del buro tenía la mis iniciales grabadas en ella y mientras con letra cursiva y el olor de su perfume dejó una huella de aprendizaje en mi vida las razones solo me dieron para pensar, pues solo de ellas aprendí que el tiempo no era sino la mayor recompensa, los instantes que podía aun sentir, vivir y respirar.

Llegando al aeropuerto los rostros de las personas mostraban las historias que cargaban, las historias que tenía dentro de sus carteras, en los bolsillos de la chaqueta o el saco, esas historias atrás de una camisa elegante o una corbata, debajo del humo de cada cigarro prendido a lo lejos.

El bote de basura del aeropuerto se llevaba en un momento de pensamiento mi historia, con aquella letra manuscrita y el olor perfecto de una enseñanza, con esas letras grabadas de mis iniciales como si fuesen parte del tatuaje que traía en mi espalda.

¿Cómo viví desde ese día?...

Fácil, tan solo como me lo pedía mí trabajo, CON UN SOLO INSTANTE A LA VEZ, SIN OTRA MEJOR RECOMPENSA QUE EL PODER VIVIR.

3 comentarios:

  1. Plebe la vida es asi solo dedicarse a vivir...

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  2. Te voy a ser sincero me identifique con tu relato y mas x eso de los whiskys y la voz ronca

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  3. Interesante manera de ver las letras.Volveré

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Recopilando un poco de la locura