jueves, 15 de diciembre de 2011

LA HISTORIA QUE JAMAS PENSE EMPEZARÍA ESCRIBIR.



Llega la mañana, el agua tibia en la ducha y los vidrios demasiado empañados por el vapor de agua y el clima extremo del país. Loción de la más barata después del baño y una afeitada rápida para empezar el día, el día lluvioso y nublado que pese decir sería malo, era una expresión de la tristeza que sentía ese día.

Salí con una chamarra de piel negra, sudadera y demás ropa de invierno, que me cubría de pies a cabeza, cada centímetro de piel, no por el hecho de un clima extremoso ni de la sensación extraña de que hoy sería un día poco usual.

Solo cuarenta minutos exactos en el reloj marcaban, ni uno más ni uno menos. Raro para mi puntualidad y mis costumbres, pero a sabiendas que estaba en un territorio ajeno los protocolos esta vez los respetaba y no los creaba. Tal vez fue una situación incomoda para mí, pero cada impresión contaba y cada día era uno nuevo en mi vida, no más aventuras, no más riesgos, no más yo.

Un café público a la vista de todos, en el mero corazón de una ciudad de negocios, lejos de toda percepción del inframundo, lejos de la percepción de la seguridad que yo hacía en mi lugar de residencia.

No había daño en su cara ni pesadez, no había miedo ni había preguntas dibujadas en su rostro. Parecía divergente a lo que yo pensaba, nuevos paradigmas y reglas que no podía simplemente comprender.

Con las llaves en la mano se dirigió a mi sin retraso con un café de un marca extraña y una bolsa de comida en papel estraza con la otra. Dejó las llaves sobre la mesa y se dirigió al carro y junto a él desenvolvió un pequeño sándwich para comerlo.

No había razón para lo que había visto ni había pasado, pero sin mesura alguna tome las llaves para dirigirme al carro.

-Without food snot- decía con la boca llena y una marca del café que sorbía alrededor de su boca.

Tome de un solo trago el café y con el ardor del pecho sentí vida en medio del aire frío que invadía y nos oprimía hasta hacernos desaparecer en medio de un tétrico escenario. Con una interrogativa en sus facciones observaba como quería comerme de un bocado aquellos momentos y sin pensarlo dijo:

-It is what it is- mientras envolvía su sándwich que restaba para tirarlo en el cesto de la basura que estaba a pocos metros de nosotros.

Entendía la frialdad de sus palabras y su acento igual al mío en sus malas pronunciaciones del inglés. Nuestra teoría similar, diferente en un país ajeno, en un país de todos y sin pertenencia alguna. En un lugar donde todo era nada y nosotros nos volvíamos algo tan indefinido, algo tan superficial que me hacía desesperar.

Entramos al carro y pidió prendiera el automóvil mientras con su mano tan solo trazo una línea imaginaría de nuestra dirección, tan ficticio como mi templanza en el rostro, pues ante tanta incertidumbre y extrañes que me había provocado el estar ahí ahora solo pensaba en que había al final de aquel trayecto, al final de ese viaje.

Con el gps en la mano y el celular en su oído cada calle que pasaba la observaba detenidamente con los ojos de camaleón observando todo a la vez sin descuidar ni la dirección ni el paisaje que nos brindaban el inicio de un invierno diferente ese año.

Debajo de mis manos el volante aun conservaba la marca de la maquina legendaria que conducía poco antes de llegar, aquella letra inicial del alfabeto de forma abstracta me recordaba la forma en que podía perderme en los bordes.

Los interiores enganchaban a querer seguir dentro del carro, debajo de las insignias del “RSX”, la marca del poder y de las aventuras que se podían vivir con el acelerador a fondo. Y con solo el panel central podía uno quedar hipnotizado, la marca “MOMO” en el lugar para escapar de ese sitio y el freno que podía hacer girar rápidamente en su eje a esa esplendida maquina. Me llegue incluso a trasladar de nuevo a donde podía imaginar un lugar sin dolor, sin ruido, un paraíso que nunca había olvidado en medio de una playa de México.

-Da la vuelta en esta esquina- grito repentinamente, mientras cerraba los ojos por un momento.

Llegamos a un edificio particular, con un pórtico tan viejo que mostraba los años no habían pasado en balde. Salió de prisa directo aquella casa, disponiéndome así a sacar el último cigarro de la cajetilla para prenderlo y sentarme, junto a un niño que estaba en las escaleras de aquel lugar.

-Gustas- me ofreció de un pequeño empaque de donas que traía comiendo.

La perfección del disfrutar aquellas donas en sus expresiones me conmovía, pues ante la inocencia de su infancia no le interesaba nada a su alrededor, ni el dolor de la persona que había a cinco pasos tirada en la banqueta por las sustancias inyectadas, ni el temor por la arma que cargaban los muchachos en la esquina apuntando al aire sin cesar, ni mucho menos oír el llanto de su madre dentro de la casa quien gemía ante la posible notica de mi compañero.

-Hurry up!- grito desesperado mientras con su mirada furtiva me señaló que la partida se acercaba.

Sin tomar importancia ni a los llantos, ni a mí alrededor prendí el carro y espere dentro del mismo con el cigarro prendido.

-¡Arranca!- grito desesperadamente mientras cerraba nuevamente los ojos.

Nos alejamos en medio de gritos y llantos sin cesar de su posible pareja en ese momento, para adentrarnos a una carretera de ese país, a una velocidad imprescriptible, con un corcel por demás decirlo que magnifico en todas sus expresiones.

-Siempre es lo mismo- susurraba, esperando expresará algo en ese momento de silencio que nos brindaba el rugir de la maquina por la carretera.

-¿Vamos retrasados?- pregunté, intrigado para cambiar la conversación y dejar despegara su mente del lugar de donde partimos momentos antes.

-Eso no importa, tendrá que pasar lo que tenga que pasar, cada situación tiene su momento oportuno niño- decía con una incredulidad, mientras con su palma cubría sus ojos y meditaba unos momentos.

-It is what it is?- preguntaba para crear una atmosfera más agradable, pues las horas de camino serían tediosas sin más contacto que el necesario.

-Lo tienes, ahora comprendo porque estás aquí- respondía con un tono mas suave, por la fatiga que había sufrido momentos antes en su hogar.

Con el vistazo al gps recordé sería un viaje largo y sin pensarlo me puse unos lentes oscuros para tener de camuflaje la pesadez que sentía de conducir en una carretera recta, sin peligros como a los que estaba acostumbrados a vivir.

Lo recuerdo a la perfección, esas ocho horas y media de camino nos dejaron en la mitad de un bosque con un poco de niebla, toda vez que la noche ya estaba por acercarse. Desesperado y sin poder dormitar las sustancias que había ingerido aquel muchacho lo llevaron al borde de la desesperación al llegar al bosque para tan solo bajar del carro y abrir la cajuela.

Dentro de la cajuela una pintura que podía reconocer a simple vista se encontraba, no había imaginación en mi cabeza como todo ese tiempo había estado con esa hermosa pintura perfecta en cada uno de sus aspectos. Recordaba a Picasso como si fuera ayer, plasmado en un libro de pintura de la escuela, recordaba los detalles y color a la perfección, pero ahora estar frente a esa obra magnífica me enchinaba la piel.

Con los ojos rojos aun de las sustancias que había inhalado minutos antes el pesar aún se hacía presente en el y sin pensarlo tan solo tomó la pintura y con unas lagrimas de emoción dejó la pintura sobre el cofre del carro para admirarla.

-¿Sabes?... en mi vida nada fue complicado, tan solo ponía el objetivo en la mira y disparaba sin pensar, obtenía lo que quería y nunca miré atrás…- decía ahora mi compañero de viaje con un nudo en la garganta.

-¿Y ahora?- decía sin saber que planeaba, con una incógnita en mi cara y los ojos postrados sobre las manos temblorosas de mi compañero.

-Es tiempo de partir, dejaré todo atrás… Y no eres sino tu el que puede comprenderme cuando te entrego todo esto.- decía llorando mientras con un abrazo se me lanzó.

Sin decir nada lo abrace, mientras observaba al guitarrista de la pintura como tocaba en silencio su guitarra, mientras me despedía de mi compañero.

-Te veré del otro lado de la meta, pero no dejes que la adrenalina te coma antes de ser el tiempo de llegar a la misma.-me decía mientras en el bosque de aquel lugar se perdía en medio de la neblina.

Sonreía mientras un relámpago iluminaba mis recuerdos de hacía ya algún tiempo. Él era a quien había ya visto, aquel amigo Fénix que se renovaba en cada luna llena, mi amigo que nunca dejaba de ser algo nuevo, aquel que no tenía miedo a morir y nacer en todos los lugares que ya había recorrido.

Entre al carro y destape la carta que había dejado en el asiento.

“El carro es para que de nuevo vuelvas a correr, sin que te alcance el tiempo como lo hemos hecho amigo mío. Y ahora la pintura es para que ya no vuelvas la vista hacía atrás, todo lo que me pediste ahí está, ahora no hay porque no seguir corriendo al ritmo que ahora marque tu tiempo. Tu amigo R.”

Baje para de nuevo guardar la pintura y con mi libreta que siempre llevaba bajo mi chamarra me dispuse de nuevo a escribir unas líneas de aquellos recuerdos que siempre había ido acumulado. Sin pensarlo quite los tanques de nitrógeno del carro y guarde el retrovisor en la guantera.

De nuevo prendí aquella maquina, toque despacio cada uno de los bordes de aquella “A” abstracta y sin pensarlo deje atrás todo para ir a ver a alguien, pero ahora a una sola velocidad, ya sin la prisa de un destino, sin la preocupación del tiempo encima de mí, ni de la velocidad máxima que pudiera llegar con el acelerador a fondo.

Ahora cada segundo que transcurría en mi vida, lo podía disfrutar, lo podría vivir, lo podría escribir tal y como me había siempre imaginado.

Al final del día era parte de algo diferente, de algo nuevo, de algo que siempre estaba esperando fuera y a pesar de que no siempre había sido así, y de que nunca supe cuando empecé con lo mismo, un vago recuerdo de la primera carrera ganada me hacía sonreír siempre al final de la semana, justo en ese día que sabía empezaría a transformarme tal y como yo debía ser.

No corría apostando nada, ni contra nadie; ya no más escapando de la imagen de una persona o por evadir el futuro que nunca me gustaba por ser tan incierto, por ser algo que nunca podía controlar.

Ahora todo cambiaba, dejaba atrás la ciudad y los problemas. Ahora tan solo necesitaba concentrarme a dónde dirigirme, ahora tan solo admiraba un paisaje. Ahora era el tiempo se podía volver eterno con tan solo un segundo. El ahora era mi todo.

Sin el retrovisor y con el tanque lleno de gasolina ahora tenía un nuevo por venir, un nuevo camino por andar tras una carretera, debajo de la lluvia, con la paz de poder tomar el volante sabiendo que solo era necesario pocas veces girarlo, siempre al compás del trazo que el camino me fuera dando.

Ahora había llegado por fin a mi vida una nueva calma, una nueva oportunidad que no desperdiciaba. Ahora tan solo esperaba poder quedarme en un lugar eterno junto a esa bella persona contemplando acostados en el cofre de mi carro el paisaje tan hermoso que nos brindaba cada tarde que pasábamos juntos.