martes, 3 de abril de 2012

El porte del leon


La noche como siempre era el lugar perfecto de aquellas enseñanzas que marcaron mi vida, sin embargo las circunstancias como el bar en que me encontraba o el hecho de que al fondo de esa cantina estuviera sentado con un completo extraño, ese día no cobró importancia.

Recuerdo perfectamente anterior a ese día que había estado observando semanas atrás a un hombre que se sentaba justo en el rincón de la cantina, pedía una mesa amplia y se ponía a degustar una bebida que nunca alcanzaba a ver que era. Su compañía siempre era un encendedor que sacaba para prender los cigarros que fumaba durante su estancia y que al terminar pulía con sus dedos índice y pulgar.

La imagen era la de un caballero que imponía  con cada movimiento a toda la gente en la cantina, sus gustos excéntricos de vestimenta no rayaban en ninguna vulgaridad, por el contrario cada pieza que portaba creaba una armonía perfecta de su cuerpo. La imagen perfecta en el fondo de la cantina como un imán que atraía personas con el simple hecho de postrar su mirada sobre él.

Su vida parecía un misterio y su imagen apenas  era vista por los hombres, que incrédulos entre voces escuchaba que a esa persona solo podías o admirarla o despreciarla. Pocas noches llegaba a compartir mesa con alguna mujer, que a simple vista se podía observar como caía tendida antes sus talentos y porte que no cualquiera contaba.

Aquel hombre era una mujer con las mujeres y un caballero con la gente, respetaba e intimidaba con su voz grave, mientras con la mirada podía contemplar con delicadeza a una mujer o retar hasta el más valiente de los hombres dentro de la cantina.

Ese día sabía que algo me había atraído para estar justo sentado ahí, su mirada y conocimiento ya no reprochaban las circunstancias que desprendían mi alma del cuerpo ahora sentado frente a él. Todo lo tenía medido y calculado, cada paso dado el ya lo había analizado una y otra vez sin descansar.

No habíamos hecho plática de introducción y los protocolos se volvían todo pues en nuestro primer saludo las voces graves ponían las cartas sobre la mesa, iba a ser una partida interesante. Ese momento en que yo puede aterrizar mi ser estaba justo ahí, contemplando el fondo que se veía en mi primer vaso de coñac.

No sabía que veía en mi, ni porque había aceptado me sentara en su mesa e inclusive dejara pasar mi estancia con él en un silencio incomodo. Tan solo contemplaba cada movimiento que hacía, hasta tal punto que llegue a sentir como ese hombre se convertía en mi sombra.

Ahí justo en medio de la nada saco su cigarro y lo prendió con un encendedor viejo de color plateado, el cual llevaba grabado un nombre que apenas y podía ver, ya casi ilegible ante los rayones naturales que se hacen por el tiempo en ese tipo de material.

Y así mientras fumaba y detenía con una mano el cigarro, con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha frotaba lentamente su encendedor para poder guardarlo.

-Y tu ¿ya sabes que quieres?- dijo con voz grave como si el hecho de haber estado ahí un tiempo nos permitiera dejar en platica ya temas a lo mejor más personales a los que esta uno acostumbrado discutir en una primera platica.

-¡Quiero tu puesto!- incrédulo y demandante lo exigí, como si el reto fuera solo una declarativa de aceptación para hacerse de ese lugar.

Sin importancia y ante el panorama que ahora estábamos inmersos aquel caballero se sentó despreocupado con los brazos casi abiertos y en una posición cómoda en el asiento, fumando varias veces y exhalando lentamente, viendo fijamente a la pintura que se encontraba en la parte superior de la pared que teníamos frente a la mesa.

Aquel momento fue de gloria para mí, el momento era especial ya no había más que decir que ahora pertenecía aquel mundo que quería, más aún pensaba prontamente que mi joven experiencia y mis ganas de salir como un perro a atacar la yugular de mis adversarios ahora daban resultados.

Aquel hombre ya había aceptado la derrota, pensaba ingenuamente, ante la posición que nos encontrábamos ahora, haciendo inclusive prontamente conclusiones de una retirada pronta de ese sujeto para así yo hacerme de un nuevo lugar.

Dos segundos saco su encendedor y lo froto nuevamente con sus dedos y como de la nada se había levantado el león que estaba ahí sentado hasta dejar impactados a todos en aquel lugar. La cantina se paralizó, nadie había contemplado un porte como el de aquel caballero. Sus movimientos y postura intimidaban cuando volvía a hablar con elocuencia y propiedad que ni siquiera un orador podría imaginar.

Justo en ese momento ahí estaba parado en medio de la playa, sintiendo una suave brisa que me hacía viajar, viendo como las olas se aproximaban y yo solo las contemplaba antes de aquel golpe de manera abrupta.

-Y como pretendes dejar de soñar, si ni siquiera tu mente se encuentra aquí, haz dejado de estar cada momento que me has demandado dichas pretensiones.-con voz grave las pocas palabras había dejado en claro la poca experiencia que aun tenía en ese momento, mientras sus manos y su cuerpo me enredaban para llevarme al abismo de su ser e hipnotizarme con su declaratoria.

No había para donde voltear ahora me encontraba yo ante la inmensidad de la ola que me iba a arrastrar y aún así estaba consciente de que aquel momento iba a caer, pero no más que al solo simple hecho de saber que iba a aprender algo nuevo antes de llegar ahí y que si bien aún no era el momento de retarlo, en ese momento me hacía pensar que un día también llegaría ahí.

La noche el mejor lugar para aprender y dejar enseñar  todo lo que un día había vivido. Ahora era mi turno, ahora con calma podía ver la pintura enfrente de la mesa en la cantina, por supuesto aquella pintura llamada vestiges de Salvador Dalí ahí se encontraba.

Recordé la imagen de aquella ola que yo construí dentro de mi mente, como la de un gran tsunami. La imagen de la ola que ahora representaba y quería enseñarle al joven que tenía enfrente llegaría de manera abrupta a golpear sus jóvenes ilusiones.

Moví  la ceja lentamente para dejar  en claro mi objetivo, mientras con la mano en el encendedor tallaba con los dedos índice y pulgar los bordes del grabado de un nombre que tenía, para recordar aquel maestro que me enseño y llevo de la mano a este mundo real.

Era hora de empezar la función y dejar todo atrás, justo en la bolsa del saco ahora se encontraba el encendedor. Ahora me disponía a ser el caballero que siempre quise y con el porte del león puse encima la mirada de acecho sobre el joven sentado enfrente de mi mesa recordando a cada momento a donde iba a ir. 

1 comentario:

  1. "si no fueras un reflejo, diria que estoy ahi" hermano un excelente escrito ya este blog necesitaba algo de actitud, recuerde la vida no es corta, los sueños no se quedan en la noche, la locura sigue con vos...un abrazo cuidece mucho y espero verlo pronto para filosofar como en aquellos tiempos donde eramos un par de chavales que solo pensaban en la igualdad de clases sociales donde lo que somos ahora eramos nuestro peor enemigo, ud no dude y tenga "el porte del leon"...

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Recopilando un poco de la locura