martes, 17 de abril de 2012

HASTA LOS HOMBRES SIENTEN MIEDO POR LA SOLEDAD



Ya había pasado el tiempo y sin siquiera pensarlo ahí estaba en el piso más alto del corporativo sentado detrás de un escrito elegante de madera, en una cómoda silla giratoria y una computadora nueva.

Aun  con todo los lujos y placeres que ahora mi trabajo retribuía todos necesitamos de alguna guía, de un mentor que nos sepa dirigir, alguien a quien confiarle cosas y poder aprenderle. El mío se encontraba cruzando el pequeño pasillo detrás de la secretaria que discretamente lo tapaba ya que su puerta siempre se encontraba abierta.

Aquel hombre intachable que cerraba los ojos y la boca antes de poder emitir una opinión o idea, siempre el más elegante y puntual de la oficina. Llamado por todos jefe, acostumbraba a pasear entre la gente que era de su personal y contemplar por las tardes la maquinaria que tenía en su empresa.

Un día recuerdo ya era próximo a fin de semana y por lo general había menos trabajo, la libertad de ese día te dejaba pensar más en claro y analizar a detalle que ha pasado días anteriores y de hecho parecía que ese día me conducía hacía el jefe. Días anteriores había tenido una extraña fijación de verlo cada vez que subía después de su recorrido por la fábrica y sus actitudes me causaban una extrañeza que no podía discernir.

Su porte era algo impactante, su voz hacía temblar los cimientos de la empresa, pues no solo el tono grave le daba esa posibilidad, su elocuencia y composición de ideas hipnotizaba a cualquiera que lo escuchaba. Su mirada nunca divagaba, era firme como sus pensamientos e ideas que no defendía a capa y espada, más bien que compartía e infundía en cada uno de las personas a las que hablaba.

Yo en lo personal estas cualidades son las que más admiraba, las que más reconocía, pero a las que también encontraba algunos errores. Tan normal es el error en la condición humana que ni si quiera lo comentaba o usaba de él para poderlo controlar, por el contrario lo veía como un todo en esa persona que admiraba y también respetaba.

Su error como su porte se traducía en el ego, en la forma de su personalidad, en la forma que tenía que ser hacía el exterior. Como algo de lo que no se podía apartar sus cualidades contenían ese elemento que daba hacía los demás un sentir, era más que obvio un odio.

Yo lo traducía no en el miedo a lo desconocido porque tanto sus triunfos como derrotas eran algo visible, sus peleas inclusive eran contadas y narradas como en la antigüedad tras los versos que circulaban por los niveles primeros del monstruo de compañía en el que trabajábamos. Esas historias parecían que lo convertía en alguien indomable con coraje, una persona sin miedo que estaría dispuesta inclusive a arrancarle la cabeza al mismo diablo.

Ese día giré la cabeza después de meditar y como si supiera lo que había hecho al haberlo examinado varios días atrás, él me miró fijamente. Yo no sabía que hacer y aunque su mirada ya no me infundía miedo, la incertidumbre de sus pensamientos era la que me hacía temblar por dentro, esa vibra la podía sentir a través del pasillo que nos separaba.

Dejo a un lado todo y solo vi como cruzaba el pasillo hasta mi oficina con un trago que tenía en la mano, cerró la puerta de mi despacho y se sentó en la pequeña sala de mi oficina recargándose cómodamente y agitando la copa que llevaba en la mano.

Deje la carpeta y trabajo que tenía sobre el escritorio y me senté en el sillón de su lado derecho más cerca de lo acostumbrado, ya que sabía esta plática era algo más que una sola consulta o negocio por hacer. 

Tome un cigarrillo y me dispuse a fumar.

-¿Sabes que uso por lo general en mi cuello?- me preguntó con un tono entre risa como de ironía

-Creo siempre traes un dije en tu cadena- lo dije en tono dudoso y sin tomarle importancia pues el tema no quería abordarlo.

-Una cruz…y tu sabes ¿por qué?- lo decía en voz grave mientras agitaba su whisky

Había una delgada línea justo en aquel momento en el quería bloquearme y no seguir platicando, pues en mi posición la religión y la política para mí eran cosas que si los trasgredía con cualquier persona podía derrumbar los cimientos de la relación.

-No sé – le dije en tono despectivo como si no tratara de ponerle importancia

-¿Sabes cuanta gente depende de esta industria? ¿Sabes cuanta gente ayudo con el trabajo que hago? ¿Sabes que lo que hago repercute en más de una esfera de individuos?- lo decía en tono sorprendido y a la vez un poco furioso ante mi actitud de negar su plática con mi mirada.

Hubo un pequeño silencio y tan solo contemplándolo no había solución al acertijo de su mirada y el temor de sus ideas en mi cabeza era de nuevo latente.

-¿Y cuanta gente crees ahora podría ayudarme en mi vida diaria?- Lo decía con tono de preocupación y ya más relajado al ver que de nuevo había acaparado mi atención.

El silencio era de nuevo latente y cada vez más incomodo.

-Esa incógnita muchas veces ha provocado en mi el miedo, la soledad y la incertidumbre de ponerme a pensar que si no es por mí, quien sino soy yo podría ayudarme, más aún para mi el saber que hay alguien más arriba de mí y a él entregarme en mis momentos de debilidad me ayuda para tener fe y esperar que solo cosas buenas puedan pasar.- decía en voz baja mientras con una lágrima se despedía de mi oficina sin hacer ruido alguno para agarrar sus cosas e irse a casa.

Mi cara era ahora de duda y asombro ante esa situación, tome un vaso y sorbí un pequeño trago de un whisky que tenía en el servibar.

Cuando era pequeño a  él mismo lo veía como el más grande superhéroe que podía vencer con su valentía hasta los más temibles monstruos; al ser un adolescente cambió a la figura más bien de un maestro que me guiaba a cada momento en mi vida, el consejero que siempre sabía que hacer o que decir.

Pero ahora con ese simple hecho cambió mi perspectiva de aquella figura que se encontraba detrás del despacho, aquella figura que infundía respeto y admiración, esa persona también era un hombre como cualquiera. Mi padre me enseño con ese simple hecho que hasta él era un hombre con temores como cualquiera.

Un hombre que debajo de su traje y su corbata también había temor, también habían sentimientos, también se podía oler el miedo de sentir la soledad.

Ese día salí de la oficina y deje los problemas adentro del despacho, me despedí del personal que trabajaba e incrédulo con otra visión escuchaba los comentarios de los pasillos, pensando lo ingenuos o vacios que pudieran ser al respecto de emitir un juicio sin conocer todas estas circunstancias.

Llegue a casa, abrí la puerta y me dispuse a reír un rato en la mesa, mientras veía con ánimo la televisión con mi familia y con una mirada rápida veía que detrás del periódico que era leído por mi padre en el comedor también había un hombre que pocos podrían concebir.


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